Y ese primer regalo llegó, como no podía ser de otra manera, de la mano de Tita-Inés.
Antes de pasar a describir el obsequio, abro un paréntesis para presentar al personaje en cuestión. Tita-Inés es mucha tita y es mucha Inés: “mu” tremenda toda ella. Es imposible ocultarle nada. Te conoce tanto que ya puedes estar en el Tíbet, conversando tranquilamente con el Sr. Lama sobre la refundación de las dinastías Yuan y Ching, que ella, a unos cuantos miles de kilómetros de distancia, sabe si tienes fiebre, te apetece un tinto de verano o te aprieta demasiado el pantalón. Da un poco de “yuyu”, sí, pero también mucha tranquilidad porque, en caso de agresión o asalto en un callejón oscuro de cualquier sitio del mundo, tienes la certeza absoluta de que estará llamando a la policía ipso facto en busca de ayuda.
Otro aspecto algo friki de esta nuestra Tita es que luce cuatro brazos y, doy fé, es capaz de utilizarlos todos al mismo tiempo. Mientras con uno está preparando una lubina al horno, con otro emulsiona la crema de calabaza y todavía le quedan otros dos para pintarse las uñas de los pies y mandar un “guasa” a toda su lista de contactos. Si, además, en ese justo instante la llamas por teléfono para contarle con pelos y señales tus últimas 12 horas del día, no hay problema. Ella se coloca el pinganillo y le da al botón de “prestar atención a amiga el tiempo que haga falta”...
Y ten siempre muy clara una cosa: lo que tú le digas va a misa. Da igual que le cuentes que a tu perro le ha dado por cantar una saeta todas las noches que, si tú se lo aseguras, ella es capaz de apostar su casa a que es cierto. Lealtad de amiga ante todo. Porque… ¿qué es la verdad sino lo que ven los ojos de quienes más quieres? Tita-Inés tampoco es de las que presienten que el cucufate sea niña, para nada. Desde el principio habló en masculino. Pero como tú le has dicho que crees que es nena, no hay más que hablar: le ha faltado tiempo para salir corriendo a comprarle un vestidito rosa.
Es imposible no quererla. Si todavía no lo has hecho, pon una Tita-Inés en tu vida. Yo ya no me imagino la mía sin ella...
Entonces, en ese momento y por segunda vez, te lo crees. Aunque no sientas todavía las primeras pataditas y lo único que te recuerde a embarazo sea el insoportable olor de tu nevera, ese primer regalo te da permiso para navegar mentalmente en lo que está por venir. Lo visualizas, te sonríes, te emocionas e imaginas…Hasta que vuelves otra vez a abrir la nevera y la hormona te trastoca la ilusión. Pero como el “Libro del bebé”, tan verde y tan bonito, está ya siempre sobre la estantería, vas corriendo a buscarlo para volver a creer que Cucufate existe y que nosotros seremos los padres.
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Hace días que Cucufate y yo estamos tristes porque unos señores muy feos han venido a llevarse a Tita-Inés a un sitio oscuro y lejano. Pero esto no se va a quedar así. Además plantarnos indignados en la Puerta del Sol, hemos urdido un plan de rescate que ni James Bond. Pero esa es otra historieta que no contaré aquí porque las misiones secretas no se desvelan.

